jueves, enero 25, 2007

La Literatura Bibliologico Informativa en Cuba

Las instituciones que atesoran los materiales literarios, independientemente del tipo de literatura que sea, son las bibliotecas. Si bien es cierto que estas instituciones milenarias desde la antigüedad han sido depositarias del acervo literario mundial y que hoy en día juegan un papel muy diverso al de hace tan sólo medio siglo atrás, las bibliotecas desarrollan una actividad interna que, a pesar de tener tantos años de labor, no se puede hablar de literatura bibliotecológica hasta la aparición de la ciencia y el inicio de los tratamientos teóricos de lo que hasta el momento había sido actividad bibliotecaria. Valenzuela plantea que el primero en darle nombre a la ciencia de la biblioteca fue el ex benedictino alemán M. Schrettinger, a comienzos del siglo XIX denominándola Bibliothekswissenschaft. Su obra se publica en 1808 y tuvo una segunda edición en 1829. Afirma que su mérito estriba en conferir categoría y estructura científica a lo que hasta entonces era un conjunto de conocimientos sobre la actividad bibliotecaria.

La literatura bibliotecológica no es más que los escritos, ya sean académicos o científicos, sobre bibliotecología. Actualmente las ciencias encargadas del tratamiento informativo, bajo toda una revolución tecnológica que ha creado una incipiente cultura digital --la aparición de la conocida sociedad de la información-- y el nuevo rol que le ha tocado desempeñar al profesional de la información, ha contribuido a la aparición de un marco teórico, conceptual diferente donde las disciplinas informativas inmersas en este nuevo fenómeno han ampliado su universo y esclarecido sus leyes, principios, objetos de estudio, actividades y estructura. Todo eso ha condicionado que ya no sólo se habla de literatura bibliotecológica como aquella referente a la actividad bibliotecaria sino de literatura bibliológico informativa, donde se incluye los escritos de las disciplinas que la componen, estas son: archivología, bibliotecología, bibliografía y ciencia de la información.

La literatura bibliológico informativa es, pues, una literatura especializada en las disciplinas específicas del sistema bibliológico informativo. Dicho sistema ha sido desarrollado en diversos trabajos por el Dr. Emilio Setién y será explicado más adelante. Una de las características de esta literatura, como sucede con gran parte de las ciencias en el mundo moderno, es que se genera fundamentalmente en documentos no publicados, ya sean ponencias, tesis, informes de investigación, etcétera. Existen igualmente revistas especializadas en el tema, muchas de ellas pertenecientes a bibliotecas, asociaciones o grupos profesionales y, en menor cantidad, la producción de libros. La literatura bibliológico informativa constituye la producción escrita como hecho social, no como escritura individual, de temas bibliotecarios, archivísticos, bibliográficos e informativos, que por abarcar estas disciplinas afines, es una literatura muy amplia que ha respondido a las condiciones sociales en que se desarrolla. Como toda literatura es una expresión de la conciencia social y sus rasgos distintivos no pueden ser aislados de ese contexto sociocultural en que se produce.

La primera inquietud que existió por compilar la literatura bibliológico informativa cubana se enmarca en el proyecto para compilar la literatura bibliotecológica latinoamericana formulado en 1947 por la Primera Asamblea de Bibliotecarios de América, reunida en Washington del 12 de mayo al 6 de junio. Para ello se estructuró un Comité de Bibliografía Bibliotecológica Latinoamericana integrado por un representante de cada país, que en el caso de Cuba, fue desigando Fermín Peraza. Es así como surge la Bibliografía bibliotecológica cubana de 1948 a 1955 del propio Peraza y Elena Vérez. En la asamblea antes mencionada se estableció lo siguiente lo siguiente:

“1 Comprenderá los libros, folletos y otros trabajos de autores latinoamericanos sobre bibliotecología, cualesquiera sean su tema y alcance, y los referentes a la bibliotecología latinoamericana por cualquier autor y en cualquier idioma.

2 En cuanto a las materias, abarcará: bibliología, biblioteconomía y bibliografía bibliotecológica.

Incluirá los trabajos que se publiquen a partir del primero de enero de 1948.

3 Los asientos podrán ser completados con notas descriptivas que no excedan de 40 palabras

4 Los demás aspectos catalográficos se regirán por las normas que acuerde el Comité de Bibliografía Bibliotecológica Latinoamericana, a propuesta de su secretario general”.

No se conocen otros intentos en el plano nacional ni internacional de reanudar estos esfuerzos hasta 1985 en que la Biblioteca del Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas (CUIB), de la Universidad Nacional Autónoma de México, decide compilar la literatura especializada en bibliotecología, información y archivonomía producida en y sobre América Latina. Así surge la base de datos INFOBILA (Información y Bibliotecología Latinoamericana). INFOBILA se da a conocer como proyecto en el Segundo Coloquio sobre Automatización de las Bibliotecas efectuado en la Ciudad de México en 1986 y su presentación formal se realizó en las XVII Jornadas Mexicanas de Biblioteconomía celebradas ese mismo año en la ciudad de Puebla. Para llevar a vías de realización este proyecto se han hecho diversas actividades como la reunión Presente y Futuro de INFOBILA en Ciudad de México, 1992, con financiamiento de IFLA, para convertirlo en un proyecto regional.

Es necesario recordar que las revistas, desde sus orígenes, tuvieron como objetivo difundir los resultados científicos; su impacto se observa con claridad en el propio avance desmedido de las ciencias. La función que han desempeñado estas publicaciones en la ciencia fue tan sorprendente como ahora lo es Internet. De ahí la especial atención que reciben en este trabajo. Pero las ciencias actualmente generan una cantidad de documentos que no se publican y su difusión y uso caracterizan el estado de ellas.

El 57% de la literatura de las ciencias bibliotecológicas en el país, que son resultados científicos, constituían documentos no publicados en aquel entonces. Hoy en día el por ciento es aún mayor, como se podrá apreciar en este trabajo. La compilación y procesamiento de los documentos no publicados, o literatura gris, es una tarea de difícil control, aún con las ventajas que nos aportan las tecnologías de la información. Las ciencias bibliológico-informativas no escapan a este comportamiento generalizado.

El presente estudio surge por la necesidad de compilar la literatura de las diferentes disciplinas informativas en Cuba dado el grado de dispersión en que se encuentra y en virtud del proyecto internacional INFOBILA. Incluye, además de trabajos bibliotecológicos, los correspondientes a otras disciplinas específicas del sistema de conocimientos bibliológico informativos propuestos por Setién y Gorbea: la Bibliografía y la Ciencia de la Información.

La investigación hace un recuento histórico de los antecedentes que existieron en la formación y creación de esta literatura desde el siglo xviii y concluye con un estudio bibliométrico del comportamiento cronológico, tipológico y temático, del contenido de las diferentes disciplinas, tomando como punto de partida la información contenida en la base de datos correspondiente al siglo xx.


viernes, enero 19, 2007

La formación profesional del bibliotecario en Cuba

Durante todo el siglo XX, las principales actividades informativas: actividad bibliotecaria, actividad archivística y actividad bibliográfica, se desarrollaron paulatinamente, condicionadas por su propio comportamiento. Es a principios de este siglo que se tiene el primer antecedente sobre la formación profesional del bibliotecario a partir de dos proyectos de ley.

El primero data de 1919, presentado al Senado por el Dr. Cosme de la Torriente, entonces senador de la República. La proposición de ley perseguía tres objetivos: "Primero: Dotar a la Biblioteca Nacional, a la Biblioteca de Matanzas y al Archivo Nacional de edificios adecuados para que estas instituciones puedan llenar cumplidamente su alta misión educativa y social; Segundo: Promover la creación de Bibliotecas Públicas en toda la extensión de la República por ser de absoluta necesidad su establecimiento para la educación y cultura del pueblo y; Tercero: Formar el personal técnico, debidamente preparado para el servicio de estas Bibliotecas Públicas y de las demás que dependen del Gobierno, a cuyo fin se propone la creación de una Escuela de Bibliotecarios y Archiveros". 3

El segundo proyecto de ley se presentó en 1927 sobre una reforma del plan de estudios de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana, pero que no llegó a materializarse, mediante el cual se crearía en dicha Facultad el Instituto de Técnica de Bibliotecas que hubiera expedido un diploma de Bibliotecario a sus futuros graduados.

El proyecto de Cosme de la Torriente manifestaba tendencias europeas, sobre todo francesa, al considerar unidas la bibliotecología y la archivonomía. Se le concedía un crédito de doce mil pesos y se exigía como requisito de ingreso el título de Doctor en Derecho, en Filosofía y Letras, en Ciencias, o Pedagogía, de la Universidad de La Habana; el título de Bachiller de los Institutos de Segunda Enseñanza de la República, o el diploma de maestro(a) de las Escuelas Normales. Los cursos durarían un año, serían gratuitos y se ofrecerían estudios como: organización, catalogación, clasificación y servicio público de bibliotecas; la paleografía, la bibliografía general y especial; la organización de departamentos para niños; la historia del libro y nociones de tipografía, encuadernación, caligrafía y mecanografía.


El segundo proyecto requería de un bibliotecario con una sólida formación en literatura, historia y otras disciplinas humanísticas. En este sentido, se impartirían once disciplinas con fines eminentemente culturales.


Ambos proyectos muestran preocupaciones sobre la enseñanza de la bibliotecología en Cuba por parte de cubanos ilustres interesados en priorizar la labor de las bibliotecas públicas y del bibliotecario como principales difusores de la cultura.


Se conoce que a finales del siglo XIX y principios del XX, la propia producción editorial en Cuba condujo a un movimiento bibliográfico que se desvinculó del trabajo bibliotecario propiamente dicho, como sucedió en épocas anteriores en otras latitudes, porque la actividad bibliográfica tiene su propia identidad. Por otra parte, las bibliotecas continuaron el fomento de las técnicas de recuperación y centraron su atención en los problemas referentes a los edificios de las bibliotecas y el almacenamiento del gran cúmulo de documentos. Pero no es hasta las décadas de los años 30 y el 40 del siglo XX, que se inicia el tratamiento teórico de los problemas bibliotecológicos en Cuba y que se imparten los primeros cursos de formación bibliotecaria.

Es en la década de los años 30, que se inicia la publicación sistemática de literatura sobre la especialidad y que se inicia el primer curso de bibliotecología en Cuba

El Curso de Iniciación Biblioteconómica, que así se le denominó, se ofreció en el Lyceum de La Habana con dos clases por semana, de una hora de duración, en 24 lecciones orales y prácticas de junio a agosto. Se impartieron asignaturas técnicas como clasificación, catalogación, etcétera, hasta psicología del lector, encuadernación, lenguaje y escritura, musicalia, mapoteca y otras. 4

También se impartieron conferencias, cursillos y se editaron publicaciones dirigidas de alguna manera a la superación profesional en aquel entonces. Por ejemplo, el 31 de enero de 1937, el Dr. Homero Serís, ofreció una conferencia en la Institución Hispanocubana de Cultura titulada "El arte de manejar los libros", que se publicó en forma de folleto por la Biblioteca Municipal de La Habana y el propio autor elaboró una bibliografía mínima de biblioteconomía que se registró en el primer número del Boletín Bibliotécnico. Se impartió otro cursillo de biblioteconomía por el archivero y bibliotecario del Ateneo de Madrid, Jenaro Artiles, en la Sociedad Económica de Amigos del País, que incluía diez lecciones y se inició el 9 de enero de 1940. Aunque existieron intentos esporádicos y proyectos de leyes desde principios del siglo XX, no es hasta que se celebran las primeras asambleas de bibliotecarios de Cuba y se crea la Asociación que los representa, que sus miembros deciden acometer la creación de una Escuela de Bibliotecarios de carácter permanente.


El primer curso de la Escuela de Servicio de Biblioteca, que fue el resultado de todas estas preocupaciones, realizó sus primeras clases de marzo a mayo de 1940. Las asignaturas aparecieron diferenciadas por vez primera, puesto que en intentos anteriores se englobaban frecuentemente en títulos generales como el de técnicas bibliotecarias y fue un grupo de bibliotecarios de prestigio los que actuaron como profesores. Por ejemplo, la asignatura de clasificación y catalogación la impartió el Dr. Jorge Aguayo, Obras de consulta y referencia, la Dra. María Teresa Freyre de Andrade, Organización de bibliotecas, el profesor Isaac T. Cabrera, etcétera.


En enero de 1941, la Dra. María Teresa Freyre de Andrade impartió un cursillo titulado "Lecciones preliminares sobre manejo y apreciación del libro y uso de bibliotecas". Aparecieron también en esa fecha, noticias sobre un cursillo de prácticas bibliotecarias impartido por Jenaro Artiles, de la Institución Hispanocubana de Cultura, que según María Teresa Freyre no se pudo constatar en los mensajes de la Corporación de Bibliotecarios y Archiveros, creada por Fermín Peraza en la misma época. (Freyre de Andrade, 1949). 5 Por otra parte, la Escuela de Servicio de Biblioteca volvió a funcionar desde octubre de 1942 a marzo de 1943, con la diferencia de que separaban la asignatura de catalogación y clasificación siendo la profesora de la última Josefina Mayol.

Otro de los intentos aislados de superación fue "Prácticas de Clasificación y Catalogación de Bibliotecas" impartido por el Dr. Fermín Peraza del 26 de mayo al 25 de junio de 1942 en las oficinas del Historiador de la Ciudad, el entonces Dr. Emilio Roig. En 1942, se celebró el "Primer Congreso Internacional de Archiveros, Bibliotecarios y Conservadores de Museos del Caribe" en La Habana, que impulsó el movimiento bibliotecario y los aspectos relacionados con la superación del profesional y la edición de libros para estos fines. De esta forma, José Antonio Ramos publicó el "Manual de biblioteconomía: clasificación decimal, catalogación metódico-analítica y organización funcional de bibliotecas". En el propio año, Fermín Peraza inauguró su "Seminario de bibliografía cubana", anexo a la cátedra de Historia de Cuba del Dr. Elías Entralgo, y que los doctores Ramos, Artiles y Peraza organizaron un curso en la oficina del Historiador de la Ciudad con 10 asignaturas: Historia del libro y la escritura, Introducción a la clasificación, Sistema Decimal de Clasificación, Generalidades de catalogación, Bibliografía aplicada a la catalogación, entre otras.

Existió otro frustrado intento de crear un curso teórico-práctico de biblioteconomía en 1943. El primero con carácter formal en un centro privado, la Academia Bravo, pero razones económicas lo llevaron al fracaso. En 1944, Peraza continuó con el Seminario en la cátedra de Entralgo y en 1945, organizó el "Curso de generalidades bibliográficas" como parte del curso oficial de Archivonomía del Archivo Nacional de Cuba del 4 de abril al 8 de junio.

En 1946, se iniciaron los cursos de Ciencia bibliotecaria en la Escuela de Verano de la Universidad de La Habana. Estos cursos llenaron un poco el vacío y la falta de sistematicidad con que se mantenía la enseñanza bibliotecológica en Cuba hasta entonces. Sin embargo, no resultaron ser el ideal que pretendían los profesionales dedicados a la enseñanza. No era la primera vez que dicha escuela se interesaba por estos tipos de estudios. En 1943, se ofrecieron cursos especiales de educación por iniciativa de la Asociación Cubana de Bibliotecarios. Se impartieron materias como: Bibliografía y Referencia, por la Dra. María Teresa Freyre de Andrade, Catalogación y Organización de bibliotecas escolares por el Dr. Jorge Aguayo, entre otros.
Los cursos de esta escuela se componían de cuatro asignaturas en tres sesiones de duración. Las asignaturas eran Catalogación y Clasificación por Jorge Aguayo, Obras de referencia por María Teresa Freyre, Bibliografía cubana por Fermín Peraza y Organización y Administración por Raquel Robés.


Lograr una escuela sistemática era el objetivo de los profesionales que durante todo el siglo pasado intentaron crearla de alguna forma. A finales de 1944 y principios de 1945, se trató de interesar al gobierno del Dr. Ramón Grau San Martín en el proyecto de creación de una escuela oficial. No fue hasta el 29 de mayo de 1947, que la Facultad de Filosofía y Letras aprueba el plan para la creación de una escuela de Bibliotecarios anexa a la Facultad, pero hasta junio de 1950 no se aprueba definitivamente. Por otra parte, el 13 de septiembre de 1950 se inició el curso de la Escuela Cubana de Bibliotecarios que funcionó en la Sociedad Económica de Amigos del País. Estuvieron en la inauguración, el presidente de la Sociedad, Dr. Antonio M. Eligio de la Puente, el Dr. Cosme de la Torriente, autor del primer proyecto para crear una escuela semejante, y el presidente de la Junta de Patronos de la Biblioteca Nacional Emeterio S. Santovenia, entre otros. Como asesor, visitó Cuba el Dr. Jerrold Orne, director de las Bibliotecas de la Washington University de la ciudad de Saint Louis.

La formación del bibliotecario estuvo fuertemente condicionada por las transformaciones sociales a que estuvo sometida Cuba a partir del triunfo de la Revolución, cuando enfrentó una serie de iniciativas para fortalecer el sistema bibliotecario cubano, entre ellas, la fundación del Instituto de Información Científica y Técnica (IDICT), la creación de escuelas y programas para formar técnicos para las bibliotecas y otros tipos de instituciones de información, hasta llegar a la institución de una nueva carrera universitaria acorde con la actualidad bibliotecológica e informativa a nivel mundial. Linares plantea que la formación del bibliotecario en Cuba tiene dos grandes etapas: la primera caracterizada por la preparación de los especialistas únicamente en el campo bibliotecológico, que comenzó alrededor de la década del 40, y se extendió hasta la década del 70, y la segunda etapa, que se mantiene hasta nuestros días donde las concepciones de la enseñanza universitaria cambiaron significativamente.

Los primeros pasos de la revolución triunfante se dirigieron, sin lugar a dudas, hacia el nivel educacional y cultural de la población. En este sentido, diversos fueron los esfuerzos hasta lograr crear a para el nivel medio tres escuelas fundamentales en la formación del técnico medio bibliotecario: la Escuela Nacional de Técnicos de Bibliotecas (ENTB) del Ministerio de Cultura para la Red de Bibliotecas Públicas, la Escuela de Bibliotecarios Escolares del Ministerio de Educación y la antigua Escuela de Técnicos de Bibliotecas del Ministerio de Salud Pública, que dejó de funcionar a finales de la década de los 80.

Para más información consulta “La formación bibliotecaria en Cuba: una mirada a través de los documentos”.

jueves, enero 11, 2007

Los primeros en la historia según Trelles

Nadie es capaz de imaginarse el trabajo sabio que desplegó Carlos Manuel Trelles con sus compilaciones bibliográficas. El sólo hecho de rescatar aquellos primeros documentos que someten a la obligada consulta a la hora de esclarecer y conformar la historia de nuestra cultura e identidad, es un aporte de desmedido talento.

La Biblioteca Histórica Cubana publicada en La Habana en 1926 en tres tomos, incluye un total de 17 000 títulos. Descrita por Manuel Sanguily como un “tesoro de noticias útiles y de preciosas y curiosidades bibliográficas” es inevitable su consulta a toda aquella persona que intente estudiar la historia de la nación cubana. En su tomo tercero, al cual su impresión se le agradece especialmente al Gobernador de Matanzas Dr. Juan Gronlier, describe una serie de elementos admirables e interesantes que de alguna manera intentaré comentar y que se refiere a los primeros en la historia.

De la Universidad de La Habana

Comenta Trelles que en 1670 el Fray Diego Romero intenta dotar a la Habana de una Universidad, preocupándose el ayuntamiento de La Habana en 1688. El primer documento que se publica es la Real Cédula del 23 de septiembre de 1728 donde se aprueba y confirma la erección de la Universidad, tomándose en razón el 16 de diciembre de 1728. En este mismo año Melchor de Sotolongo publica los Estatutos de la Universidad de La Habana y no es hasta 1735 que comienza a funcionar, por lo que la Universidad tuvo sus estatutos 7 años antes de su vida activa.

El 8 de agosto de 1778 aparece un documento con el título “Caso del Bachiller D. Dionisio Matamoros” quejándose de los atropellos del rector y vicerrector, los cuales no le daban la cátedra de Derecho Civil y lo insultaron como “mulato”. Pero todo parece indicar que los estudios de leyes en esa época eran bien censurados, pues el 20 de noviembre de 1784 se prohíbe a la Universidad expedir títulos de abogados a los cubanos y por Real Orden se suprimen los estudios de Derecho.

De los precursores en los cambios y reformas universitarias se encuentran Jose Agustin y Caballero que en octubre de 1795 publica “Necesidad de reformar los estudios universitarios”, siendo su continuante el conocido y eminente Dr. Tomas Romay con su “Nova sint omnia, recidant vetera” en Memoria de la Sociedad Económica, 1823 y que se refiere igualmente a reformas de los estudios universitarios.

En 181’3, varios documentos compilados por Trelles nos muestran una polémica con respecto a la elección del rector, y se establece entre varios doctores que protestaron de nulidad la votación por carecer los religiosos de derechos ciudadanos, así se estableció esta polémica que duro hasta 1821 donde aparece el “Manifiesto sobre la competencia promovida en orden a la controvertida cuestión del Rectorado de la Universidad de La Habana”. Constituye esta la primera polémica universitaria en la historia de las elecciones del rectorado.

En 1895 la Universidad contaba con 58 catedráticos y 700 alumnos.

Del teatro

Trelles recopila varias intervenciones de escritores de la época sobre los primeros teatros cubanos. Así menciona a B. P. Ferrer que decía que no se conocieron hasta 1773 más representaciones teatrales que las que hacían algunos mulatos por pura afición. J.M de la Torre afirmaba que la casa en el callejón de Júztiz fue la primera que sirvió para las representaciones antes de que se construyera el Coliseo o Teatro Principal. Bachiller por su parte coincidía en que las comedias o representaciones primeras se hicieron en una casa particular y algunas otras en el Campo de Marte a las 4 de la tarde. Pezuela declara que solo se representaban obras de Calderón, de Lope o Moreto en domicilios particulares y por aficionados.

Una de las obras que muestra la historia del primer teatro en La Habana es la de Bachiller titulada “Teatro Principal (o del Coliseo)” publicada en 1841 en Cuba y América y en la misma revista en octubre de 1900 aparece un trabajo sobre los “Teatro de La Habana en 1840”.

Entre las figuras representativas que visitaron La Habana estuvieron la actriz Matilde Díaz en 1853; Elisa Rachel en 1855; La Patti en 1856 que Cuba y América publica un artículo “La Patti en la Habana”, en el mismo año de su visita; la Ristori en 1868 que comenta Antonio González Curquejo en Cuba y América de diciembre de 1906; Sara Bernhard en 1882 y Caruso en 1920.

No eran épocas aquellas de libertades por lo que los teatros sufrieron de férreas censuras y prohibiciones de obras. Así Trelles nos muestra dos documentos referidos al tema: el “Índice de las piezas dramáticas permitidas sin atajos ni correcciones” de 1852 y de Vicente Dalama el “Índice general, por orden alfabético, de cuantas obras dramáticas y líricas han sido aprobadas por la Junta de censura y censores de oficio para todos los teatros del reino y ultramar, comprendiendo los años 1850 a 1866”, publicado en 1867.

Y si de primeros se trata, el erudito matancero reconoce a Melchor de las Casas como el primer cómico cubano que tuvo representaciones en España en 1677, Leonor López como la primera actriz cubana que trabajó en 1776 y Francisco Covarrubias como unos de los primeros dramaturgos que representó en el Circo del Campo de Marte en 1793 antes que se construyera el teatro Principal.

De otras cosas más

Trelles incluye en su compilación el primer Plan de Estudios publicado en 1794 redactado por el Prebístero José Calderón y el trabajo de Alfredo M. Aguayo, titulado “Primer plan de estudios hecho en la Isla de Cuba” que aparece en la Escuela Cubana en noviembre 1899 y que se refiere a las ordenanzas para las escuelas gratuitas de La Habana.

Describe en la sección de deportes varios acontecimientos interesantes. Por ejemplo, la pelota se jugó por vez primera en Cuba en Sagua en 1864 y el dato lo refleja Habana Base Ball Club publicado en 1878. El basket ball se juega por vez primera en La Habana en 1907. Las primeras regatas se establecieron en el Havana Yath Club en 1886. En 1512 se hicieron corridas de toros en Santiago de Cuba y lo publica Rodríguez Ferrer en Naturaleza, tomo 2 p 408. Se hicieron unas segundas corridas con la llegada del Adelantado Hernando de Soto en 1538 y de ellas habla el Inca Gracilazo en su obra La Florida. Un libro recomendable en este tema lo constituye el de Bachiller “De la diversión de toros y su historia en Cuba” publicado en 1860.

El Jai alai o pelota vasca se jugaba en La Habana en 1790 y en Matanzas en 1830. Como las corridas de toros eran con discreta continuidad, el torero Mazzantini visitó La Habana y la curiosidad fue que solicitó permiso para construir un frontón en La Habana en abril de 1898. Algo extraño la relación de jai ALAI con corridas de toros pero así son los primeros.


Los cubanos tuvimos igualmente un campeón mundial en billar en 1893, Alfredo de Oro y entre los primeros astrónomos se encuentran Marcos A. Gamboa Riaño (1715), Manuel del Socorro Rodríguez (1800) y nuestro pensador Félix Varela (1814), cualidad del eminente maestro que no es conocida por muchos.

miércoles, junio 07, 2006

Siglo XX: La Biblioteca Nacional de Cuba

Después de una serie de festejos, homenajes y encuentros por el Día del Bibliotecario el pasado 7 de junio, recordamos cómo a principios del siglo XX uno de los acontecimientos que marcaron la bibliotecología cubana fue la creación de la Biblioteca Nacional de Cuba. ¿Bajo qué circunstacias fue creada esta insigne institución?

La victoria cubana en las guerras independentistas se vio saboteada por la intervención norteamericana. El interés de los Estados Unidos por Cuba, declarado desde los inicios de la colonia, encontró espacios para dictar una serie de medidas que dieron origen a la conocida Enmienda Platt.

Durante diciembre de 1899 hasta mayo de 1902, Leonardo Wood entregó a compañías estadounidenses 223 concesiones para la explotación de los recursos naturales de la isla. Llegó a tal extremo la ambición y necesidad de poder sobre Cuba que el propio presidente norteamericano McKinley tenía más poderes sobre Cuba que en su país. McKinley podía modificar los aranceles cubanos y no podía hacerlo con los de los Estados Unidos por ser esa una facultad del Congreso, lo que trajo consigo la ruina de los productores cubanos independentistas y la pérdida de sus propiedades.

Conjuntamente con la Enmienda Platt en 1901, la instauración de la República el 20 de mayo de 1902 y el Tratado de Reciprocidad Comercial en 1903, fueron los tres acontecimientos que marcaron las nuevas formas, tanto política como económica en la que se basarían las relaciones cubano americanas.

A pesar de todo lo que ocurría en la Isla un grupo de intelectuales y patriotas que habían estado años en el exilio formaron la Junta Organizadora de la Biblioteca y Museo Nacionales de la Isla de Cuba. Existen varios trabajos que han estudiado las causas del surgimiento de la Biblioteca Nacional de Cuba. Aunque existía la Biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País, que sirvió de núcleo a las Bibliotecas Nacionales en Iberoamérica en su gran mayoría, en 1901 se funda la Biblioteca Nacional de Cuba con carácter independiente. Es su primer director el patriota y bibliógrafo cubano Domingo Figarola Caneda.

Si bien es cierto que el desarrollo económico cada vez más dependiente del mercado norteamericano se profundizaba y se creaban las condiciones de esta dependencia a través de conceptos legales y justificaciones políticas, la aparición de la Biblioteca Nacional de Cuba durante la primera intervención es obra de cubanos preocupados por la cultura que marchaban bien distante de las artimañas norteamericanas y los favores del gobierno.

Mientras el país se convertía cada vez más en una neocolonia americana de casi total dependencia económica, las principales actividades informativas: actividad bibliotecaria, actividad archivística y actividad bibliográfica, se fueron desarrollando paulatinamente condicionadas por el movimiento económico que se iba gestando en la isla. Se conoce que el siglo XIX sobre todo a finales de la centuria, la propia producción editorial en Cuba condujo a un movimiento bibliográfico que se desvinculó del trabajo bibliotecario como tal, igual que sucedió en épocas anteriores en otras latitudes, porque la actividad bibliográfica tiene su propia identidad. Por otra parte las bibliotecas continuaron fomentando técnicas de recuperación y enfatizaron en problemas referentes a los edificios de bibliotecas y el almacenamiento de gran cúmulo de documentos.

No es hasta las décadas del 30 y el 40 del siglo XX que se inicia el tratamiento teórico de los problemas bibliotecológicos en Cuba y esto tiene que ver con dos factores fundamentales: el primero la aparición de las primeras revistas y libros de la especialidad y el segundo los esfuerzos aislados de formación profesional del bibliotecario que respondía al desarrollo de la actividad y este a su vez, se derivaba del progreso y los cambios económicos de la nación. En ambos aspectos las relaciones entre bibliotecarios cubanos y norteamericanos fue fundamental.

martes, junio 06, 2006

La revelación dos

Como toda bibliotecaria ahora me leo un libro, su autor James Redfield y su título La novena Revelación. A pesar de su carácter idealista con algo de aventura, el libro intenta demostrar en varias concepciones, ciertos vínculos que tenemos y que nos permite predeterminar el futuro, todo esto a partir del contenido de un manuscrito encontrado en Perú y que sus secretos cambiarán el mundo.

La primera revelación que comentan del famoso manuscrito, se refiere a coincidencias que indican que algo participa inevitablemente sin poderlo reconocer, esas extrañas "circunstancias misteriosas que cambian nuestras vidas". Cuántas veces no hemos estado en algún lugar y nos parece que algunas vez estuvimos, que no es conocido, sin tener explicación exacta de lo que está ocurriendo. La segunda, vincula el antecedente histórico para estudiar la conciencia. Lo importante, plantea uno de sus personajes, no es enseñar la historia exclusivamente en los logros tecnológicos de la civilización y los grandes hombres que la realizan sino la "visión del mundo de cada período histórico, qué pensaba y sentía la gente", no se trata de la evolución de la tecnología sino de la evolución del pensamiento.

En este punto me detuve porque no se puede llegar hacer historia del bibliotecario cubano sin incluir en la misma el pensamiento nacional de las diversas épocas, influenciado indiscutiblemente con el desarrollo social, económico y/o "tecnológico" como lo han denominado anteriormente. Y es que Cuba, como toda nación, tiene un pensamiento que se ha gestado bajo su evolución histórica inmersa en conflictos sociales y matizados por la economía.

No es de mi interés comentar el desarrollo del pensamiento cubano pero si vincularlo con hechos que marcaron con posterioridad la formación del bibliotecario y es que si el siglo XIX para el universo bibliotecológico cubano fue de formación de bibliotecas, como comenté en el apartado anterior, constituye ese siglo el espacio donde se gestan las guerras independentistas y donde se la economía americana absorbe el comercio casi total de la isla.

Las ideas anexionistas que se consolidan en la figura de Tomas Jefferson y que fortalecieron la política de los Estados Unidos de apoderarse de la isla, se iniciaron desde principios de siglo y no pararon hasta el duelo a muerte en 1898 de Montojo y Cervera en la bahía de Manila y Santiago de Cuba.

España pasa a un plano completamente secundario en el mercado de Cuba. En 1829, el 39% del total de las importaciones cubanas son americanas y el 26% son de España. En 1860 Estados Unidos absorbe el 62 % de las exportaciones cubanas, Gran Bretaña adquiere el 22% y España el 3%. Son disímiles y contundentes los datos que nos manifiestan el auge comercial entre ambos países. Por ejemplo, en 1832 la Habana era una ciudad mayor que Boston y Baltimore y su población casi se igualaba con la de New York y Filadelfia. Existía la Junta de Fomento que sustituyó al Real Consulado de Agricultura y Comercio y que entre sus iniciativas a favor del comercio incluyó la creación del ferrocarril, planeado desde 1832 e instaurado en 1837, el primero en Latinoamérica.

Durante las guerras las relaciones comerciales se profundizaron. En 1881, el cónsul norteamericano en Cuba ya es capaz de afirmar en su informe consular: “Comercialmente, Cuba se ha convertido en una dependencia de los Estados Unidos, aunque políticamente continúa dependiendo de España”. En 1884, Estados Unidos absorbía el 85% de la producción total de Cuba.

El 7 de diciembre de 1896, el día en que cae en combate Antonio Maceo., el ministro de Asuntos extranjeros del gobierno de Estados Unidos, Mr. Olney calculaba que en ese momento, las inversiones norteamericanas ascendían a 50 millones de dólares. Por su parte Scout Nearing y Joseph Freeman en su libro “La Diplomacia del dólar”, comentan que de 50 millones en 1898 se elevaron a 141 millones en 1909 y luego a 1250 millones en la década del 20. Es en estas circunstacias que se llega al siglo XX en total dependencia económica y con una infraestructura de bibliotecas construidas con trabajos mayormente de organización informativa, de preocupaciones por los espacios y de controles bibliográficos.

Bibliotecas cubanas del siglo XIX

El siglo XIX fue para el universo bibliotecológico, época de grandes renovaciones. Muchos autores consideran el año 1850 como el principio de la catalogación moderna, así surgen las noventa y uno reglas de Antonio Panizzi (1839), Charles A. Cutter crea las reglas para el catálogo diccionario (1876), Melvil Dewey elabora la Clasificación Decimal (1876) y aparecen las grandes clasificaciones como la del British Museum.

Mientras que el mundo bibliotecológico ya asumía congresos y se respiraban aires diferentes de renovación técnica, en Cuba se vivía aun bajo un pleno régimen colonial en cuyo ambiente los avances de la actividad informativa, aunque recibieron cierto impulso como se expresó anteriormente, eran lentos en comparación con sus progresos en otras latitudes. La vida económica había pasado paulatinamente a depender de la prosperidad de la industria azucarera.

Es en este siglo cuando el concepto de biblioteca para todos, o sea, la biblioteca concebida para elevar la cultura y la educación, además del entretenimiento, se desarrolla esencialmente, en el área anglosajona. Este concepto, según Carmen Rovira, nace en Inglaterra y se difunde en Estados Unidos. Refiere que en un principio la instrucción del bibliotecario se realizaba en las propias bibliotecas hasta que en 1887 es fundada en la Universidad de Columbia, por Melvyn Dewey, la primera escuela para bibliotecarios. En sus inicios la enseñanza era basada en la práctica, pero años más tarde se destinaron recursos universitarios para ampliar los planes de estudio y el tiempo de duración de estos. Se conoce con anterioridad que la primera escuela destinada expresamente para la enseñanza tanto bibliotecaria como archivista se fundó en la segunda década del siglo XIX, en Francia, en la Ecole de Chartes.

En Cuba, en los albores del siglo, no hubo muchos cambios en el trabajo informativo. La Biblioteca de la Sociedad Económica, durante las primeras cuatro décadas se nutrió en lo fundamental de donaciones aunque hizo esfuerzos para ampliar sus fondos a través de la compra. En 1838 José de la Luz y Caballero toma la dirección de la Sociedad y brinda gran ayuda a la colección de la biblioteca. El trabajo del bibliotecario en aquel entonces, partiendo de las experiencias de esta institución, consistía básicamente en la organización y representación de los documentos. El bibliotecario debía confeccionar el catálogo general, por orden numérico consecutivo y alfabético por autores.

También se abrieron otras bibliotecas que impulsaron el movimiento bibliotecario cubano. Entre ellas:
1835: Biblioteca Pública de Matanzas (más adelante llamada Gener y del Monte)
1844: Biblioteca del Liceo de La Habana
1846: Biblioteca de la Universidad Pontificia de San Jerónimo de La Habana
1855: Biblioteca de la Escuela General Preparatoria
1863: Biblioteca de las Escuelas Profesionales
1871: Biblioteca del Colegio de Segunda Enseñanza San Anacleto
1885: Biblioteca de la Asociación y Dependientes del Comercio
1899: Biblioteca Elvira Cape en Santiago de Cuba

El trabajo desplegado en todas ellas era eminentemente empírico en la organización de sus colecciones y el enriquecimiento de éstas a través de las donaciones y compras. Una preocupación fundamental de la época consistía en el alojamiento de los fondos que poco a poco iban creciendo y requerían nuevos locales, por lo cual la Biblioteca de la Sociedad Económica fue trasladada en dos ocasiones, en 1842 a una parte del extinguido Convento de San Felipe y en 1856 a una casa en Dragones número 308. De igual forma existía especial interés por los reglamentos del trabajo bibliotecario. La Biblioteca de la Sociedad Económica establece reglamentos para su trabajo que variaban, sobre todo con los cambios de dirección. La Biblioteca de la Universidad Pontificia de San Jerónimo de La Habana, a comienzos de 1859, publica su reglamento, muy parecido al que había publicado la Biblioteca de la Sociedad un año antes.

miércoles, mayo 24, 2006

Desarrollo económico, primera biblioteca y archivo

Llegamos a los finales del siglo XVIII, siglo de desarrollo cultural, de apertura económica. ¿Qué significó eso para el universo bibliotecario cubano?.

Cuba contaba hasta entonces con cuatro imprentas, una publicación periódica, la Universidad, el Seminario de San Carlos y cierta riqueza económica por el auge de los precios del azúcar en Europa a partir de 1755 y el crecimiento azucarero de fines del siglo XVIII. Todo esto trajo consigo el surgimiento de instituciones en las cuales se hablaban los problemas económicos relativos al comercio y la producción. Julio Le Riverend afirma en su libro Historia de Cuba, que se trataba de instituciones renovadas y esta renovación se debió fundamentalmente al progreso ocurrido entre 1780 y 1795. Como algo novedoso, esas instituciones incluían la participación de los ciudadanos como particulares en su creación y su sostenimiento y formaron parte de ellas representantes de los nuevos grupos sociales más que los representantes de la aristocracia tradicional de la colonia. Las dos instituciones básicas en el aspecto económico surgidas en el siglo XVIII fueron la Real Sociedad Económica o Sociedad Económica de Amigos del País y el Real Consulado de Agricultura y Comercio de La Habana.

La Sociedad Económica de Amigos del País surge después de un artículo aparecido en el Papel Periódico de La Habana el 4 de septiembre de 1791 y luego de una solicitud al Gobernador de las Casas al respecto. Sus intenciones eran la promoción del comercio, la agricultura, las industrias y la producción económica en general, además de la educación e instrucción de la juventud. En junio de 1793 inaugura su biblioteca, que es la primera biblioteca pública fundada en Cuba. Fue su primer director por breve tiempo José Arango, le sucedió Antonio Robredo, quien cedió su casa a la naciente biblioteca. Las primeras colecciones contenían setenta y siete volúmenes comprados con los fondos del Papel Periódico de la Habana y otros cedidos por Don Luis de las Casas. Inicialmente los servicios fueron brindados a los miembros de la Sociedad, y es en junio de 1794 cuando su presidente, el Capitán General Don Luis de las Casas propuso abrir las puertas de la biblioteca a toda persona interesada.

Por otra parte, al fundarse el Real Consulado de Agricultura y Comercio de la Habana, se propone la formación de un archivo para la conservación de los documentos del centro, siendo obligación del archivero ordenarlos, hacer cédulas de los papeles que expresaran de forma breve su contenido. Por Real Orden del 9 de mayo de 1797 se fija para las búsquedas en el archivo el pago de tres reales para los 10 papeles buscados de años anteriores al corriente, y dos reales por cada uno de los que pasaran este número. Estos pagos fueron en numerosas ocasiones incumplidos, pero contribuyeron al orden del propio archivo en tanto limitó la entrada de los “curiosos” y de las personas que no les interesaba lo que solicitaban.

Ambas sociedades representaron un antecedente para estudiar los inicios de la actividad informativa en Cuba, tanto la bibliotecaria como la archivística. A pesar de que el trabajo era incipiente y muy rudimentario, el hecho de que el origen de estas actividades esté fundamentalmente vinculado a sociedades económicas le imprime una característica peculiar. Los siglos XVII y XVIII fueron de creación de bibliotecas nacionales en toda Europa. Las instituciones bibliotecarias se vieron favorecidas, de una forma u otra, pues se incrementaron y sus colecciones resultaron beneficiadas por la formación de las disímiles sociedades.
Lo interesante de la primera biblioteca pública en Cuba es que su surgimiento vino en momentos en que la metrópoli se desarrollaba en el mismo sentido, ubicándose la Isla como una de las colonias más avanzadas en ese aspecto. A comienzos del siglo XVIII, año 1712, Felipe V creó la Biblioteca Real que fue el origen de la Biblioteca Nacional de España.

Sin embargo, es válido resaltar que la formación de las primeras instituciones informativas en Cuba estuvo condicionada por cierto desarrollo económico que la metrópoli no proporcionaba sino, las relaciones comerciales entre Estados Unidos y Cuba

Acontecimientos culturales del siglo XVIII

¿Cuántos documentos hoy en día pasan por las manos de un bibliotecario? ¿Cuánta información lee? ¿Cuánto procesa? ¿Cuánto entrega? ¿Cuánto satisface?... Pero.... ¿cómo empezó todo?.

Si bien los primeros siglos de colonia fueron de sometimiento más que de desarrollo o formación cultural, el siglo XVIII en Cuba representó una nueva etapa para el bibliotecario.

El impulso editorial y el nuevo movimiento bibliográfico que se observó a finales del siglo XVIII coinciden con la aparición de la primera publicación de índole literaria e informativa, el Papel Periódico de la Habana, fundado por el benemérito y gobernador Don Luis de las Casas el 24 de octubre de 1790. Cuando surgió esta publicación ya había editado el primer periódico de la Isla, la Gaceta de La Habana, que Trelles asienta en su bibliografía de los siglos XVII y XVIII. Fue fundado por el Conde de Ricla en mayo de 1764 y salía los lunes conteniendo algunas noticias políticas, comerciales y varias disposiciones del gobierno.















Otros acontecimientos en el plano de la enseñanza en Cuba, son la fundación de la Universidad de San Jerónimo de La Habana en 1728, la que indiscutiblemente, en sus quehaceres, tendría que auxiliarse de una biblioteca para cumplir los objetivos de la enseñanza, y la fundación del Seminario de San Carlos y San Ambrosio el 14 de agosto de 1763, que amplió la carrera netamente eclesiástica a otras materias científicas y humanísticas. Uno de los alumnos de este seminario fue el presbítero Félix Varela.


Se puede afirmar que hasta 1793 apenas existía instrucción primaria en nuestro país y la Universidad estuvo sobre todo al servicio de los intereses de España. Sin embargo, acerca de la repercusión que tuvo en la cultura e identidad nacional, Trelles plantea: “No deja de ser curioso el hecho de que hasta la época actual se haya creído que la era de la civilización comenzó en Cuba en 1790 ó 1793 con el gobierno de Don Luis de las Casas, la publicación del Papel Periódico y la creación de la Sociedad Patriótica. A mi juicio, la civilización cubana empezó a acentuarse en 1734, es decir, en el año en que abrió sus puertas la Universidad Pontificia, que no obstante su anticuado plan de estudios vino a ser como una especia de faro que disipó parcialmente las profundas tinieblas en que estaba sumida la enseñanza superior en la Isla de Cuba en el siglo XVIII”.

martes, mayo 23, 2006

Aparece la imprenta en Cuba

Comentábamos anteriormente que lo primero que surgió como actividad informativa en los inicios de la instauración de la colonia en Cuba, fue un incipiente trabajo archivístico. No existítan bibliotecas, salvo algunas librerías particulares y por ende la labor bibliotecaria era totalmente nula.

La situación de los documentos cubanos en los primeros siglos de la colonia española era desastrosa, fundamentalmente en lo referido a su conservación. El historiador Jacobo de la Pezuela en su Historia de la Isla de Cuba. Madrid, 1868, vol1 p.242 describe que “hasta el fin del gobierno de Ricla, la averiguación de los hechos históricos de Cuba fue difícil y penosa; porque en la isla no había más archivos que los libros y actas de los ayuntamientos y los cuadernos de la antigua escribanía de gobierno de su capital; y aún esa escasa documentación, corroída de gusanos, estaba interrumpida en muchas épocas, habiéndose en gran parte desaparecido después del sitio y toma de La Habana en 1792”.

Ya en el siglo XVIII se notaba en Cuba una incipiente actividad archivística y bibliotecaria, que venía dada principalmente por la creación de algunos archivos en distintas dependencias del gobierno integrados por las ordenanzas del propio gobierno, y por la existencia de escasísimas bibliotecas particulares en manos de los religiosos.

Por otra parte el movimiento editorial de la Isla venía brotando con impresos en otros países de autores cubanos o de temas relacionados con Cuba. La obra bibliográfica de Trelles de los siglos XVII y XVIII, asienta como primer libro de su trabajo, de Juan Aréchaga y Casas, la obra en latín titulada Disertaciones improvisadas sobre temas sacados a la suerte con motivo de cátedras en la Universidad Salmantina, de 1662. Del siglo XVIII enumera alrededor de catorce documentos que constituyen en su mayoría oraciones fúnebres, sermones, o documentos históricos como el publicado por Diego Varona titulado Historia de las invasiones piráticas, especialmente de las de Morgan, de 1668, al cual Trelles reconoce como el primer historiador cubano.

Sin embargo, en este siglo tuvieron lugar varios acontecimientos que marcaron la identidad nacional en el plano editorial y de la enseñanza. Se reconoce la introducción de la imprenta en Cuba, con la prueba del primer impreso en 1723 de la Tarifa general de precios de medicina, editada en La Habana por Carlos Habré.

Con respecto a la introducción de la imprenta existe diversidad de criterios entre los bibliógrafos e historiadores. El propio Trelles coincide con lo consignado por Bachiller y Morales de que la primera producción tipográfica de Cuba es el folleto de González Alamo (reconocido como el primer fisiólogo que hubo en Cuba y uno de los primeros médicos cubanos, enseñó Medicina en el Convento de San Juan de Letrán), impreso en La Habana en 1707, y citado por Beristai, bibliógrafo mexicano. Lamentablemente dicho documento no se ha podido encontrar, su título es Disertación médica sobre que las carnes de cerdo son saludables en la isla de Barlovento. El impreso de la Tarifa general de precios… no aparece asentado en la bibliografía de Trelles de la época. El propio Trelles hace referencia también a la obra del bibliógrafo chileno José Toribio Medina, titulada La imprenta en La Habana (1707-1810), publicada en Santiago de Chile en 1904, que como sus años indican, reconoce al igual que otros bibliógrafos de la época, la aparición de la imprenta en Cuba a inicios del siglo XVIII. Una síntesis cronológica resumida de la obra de Trelles sobre la actividad editorial del siglo XVIII y su relación con la imprenta quedaría como le sigue:


1707: Introducción de la imprenta
1720: Noticias de la introducción de la imprenta
1723: Aparece publicada la Novena del Obispo Valdés en México como si en Cuba no hubiera establecimiento tipográfico
1724: Folleto de Sossa, descubierto por Bachiller y reimpreso en 1732
1735: Abre la imprenta de Francisco de Paula
1735-1760: No se encuentra publicación alguna
1753: No hay talleres tipográficos en La Habana
1760: Se afirma nuevamente la existencia de estos talleres
1791: Se acentúa el movimiento bibliográfico
1799: Se publican cien folletos, la misma cantidad que se produce de 1707 a 1790

lunes, mayo 22, 2006

Los inicios del bibliotecario cubano

El trabajo desplegado del bibliotecario cubano no puede verse desvinculado del contexto social e histórico que nos ha tocado desempeñarnos y en el cual, hemos sabido salvaguardar nuestra ética y los principios de nuestra profesión.

Hoy en día resulta verdaderamente una interrogante la realidad cubana, cuando la propia historia describe a un pueblo como tantos otros de Latinoamérica, conquistando libertades y respetando sus espacios alcanzados. En medio de toda la formación de los primeros poblados, la consolidación de la colonia, el surgimiento de la nacionalidad cubana, las guerras independentistas, la instauración de la República y la Revolución del 59, no fueron pocos los acontecimientos que marcaron la formación de la profesión más silenciosa del mundo, y la más revolucionaria de espíritus.

Somos bibliotecarios cubanos con una memoria para contary ese es el objetivo de este weblogs. Con la costumbre bibliotecaria de la insistencia y desempolvando la historia llegar a conocer lo que somos hoy.

La historia nos pone desde sus inicios en relaciones estrechas con diversas naciones. Si bien es cierto que Cuba como colonia de España estuvo fuertemente influenciada por sus colonizadores, las estrechas relaciones comerciales establecidas entre Cuba y La Florida, mucho antes de la liberación de las 13 colonias, marcaron el destino de una nación así como la formación de nuestro profesión.

Hablar sobre las primeras bibliotecas en Cuba es de alguna manera vincularlas con la enseñanza, la comunicación, el papel del libro y la difusión de los conocimientos de manera general.
Durante los dos primeros siglos de la colonia española no se descubre en Cuba la menor traza de una institución de enseñanza. No obstante, en el siglo XVI e inicios del XVII la Iglesia jugó un papel fundamental en diversas esferas de la sociedad, fundamentalmente en la enseñanza. Los franciscanos, jesuitas y dominicos, como órdenes religiosas, centralizaban la enseñanza y controlaban la producción impresa: los libros.

La primera noticia que se tiene de una biblioteca en Cuba fue encontrada en el testamento del presbítero Nicolás Estebes Borges, vicario general del obispado de La Habana, fallecido a inicios del año 1665, en una de cuyas cláusulas dice: “declaro que tengo una librería de mil cuerpos de libros poco más o menos, quiero y es mi voluntad que esta se coloque en la Iglesia Parroquial de esta Ciudad en la parte y lugar donde más bien les pareciese a sus Señorías Ilustrísimas y dicho Señor Maestro de Campo Gobernador, entregándola con cuenta y razón a algún eclesiástico que cuide de ella para que se valgan los requeridos y amados predicadores y teólogos y si hubiese Iglesia Catedral en esta ciudad se mude para ella para dicho efecto”.

Estas primeras bibliotecas en el país aparecen en medio de la situación de atraso y la pobreza intelectiva de sus pobladores, dentro de la aún etapa erudita de la actividad bibliotecaria en el mundo, y del Siglo de Oro de la cultura española. Constituían bibliotecas particulares denominadas “librerías” con libros mayormente españoles, y en otros casos en lengua latina. A pesar de todas estas características que condicionaron la casi nula actividad bibliotecaria en los siglos XVI y XVII, existen documentos que manifiestan el interés de España por conservar los documentos antiguos de la Isla.

El dato hasta ahora más antiguo que se tiene de cierta legislación sobre la actividad informativa (bibliotecaria o archivística), que involucra a Cuba como colonia española, lo registra el Capitán del Ejército Libertador y Jefe de la Sección de Gobierno y Correspondencia del Archivo Nacional, Sr. Joaquín Llaverías, en su libro Historia de los Archivos de Cuba cuando plantea que en las Ordenanzas del Rey Don Felipe II, año 1569, se mandaba a tratar bien los libros y demás papeles y que se hiciera de la Contaduría un inventario jurado con un listado de autores de los libros, sus materias (contenido) y la relación de los libros que llegaban nuevos, así como cierta numeración de cada uno de ellos.

En 1693 y 1764 se dictaron por real cédula las normativas de la no extracción de documentos, bajo pretexto alguno, de los archivos de oficina, dándole sólo autoridad a los virreyes, presidentes y gobernadores a través de un Ministro de Audiencia del Distrito o del Escribano del gobierno para que, con previa certificación, sacaran lo que necesitaran. Este sería el antecedente y origen de nuestros archivos y los primeros pasos del trabajo bibliotecario posterior.